domingo, 26 de abril de 2020

O ladrón de zapatos

El curioso caso del ladrón de zapatos de Reboreda
Redondela, 27. (De nuestro corresponsal). Hace días se celebró en la inmediata parroquia de Reboreda una función nocturna a cargo de esos comediantes ambulantes que hacen las delicias de estos pequeños poblados.
        Y una familia, entre tantas, abandonó su casa, dejándola involuntariamente "al cuidado" de unos cacos, cuyos ruídos observaron al regreso a su domicilio. El jefe de la casa esperó en la escalera la bajada de los intrusos, pero estos descendieron tann rápidamente que no pudo hacer nada. Ya desesperaba de su mala suerte cuando uno de los "vigilantes" regresa y se dirige a un descansillo, donde estaba un par de zapatos. Entonces nuestro hombre le lanzó una maceta, pero el resultado fue que se estrellase contra la pared, logrando apesar de ello el "noctámbulo visitante, llevarse uno de los zapatos y poniendo acto seguido pies en polvorosa. Sabido es que se había descalzado para eludir todo ruído delator, que no pudo evitar.
        Con el zapato que quedaba, la víctima se dedicó afanosamente a averiguar el taller donde bía sido confeccionado, informándosele en esta villa que aquel calzado pertenecía de un taller de Mos.
Personado allí nuestro hombre el maestro zapatero reconoció que efectivamente había fabricado aquel zapato y su pareja y dió las señas de la persona a quien se habían destinado. Pero al encontrar a este señor, cual no sería su sorpresa al oír de sus labios, contemplando el zapato:
- ¿Dónde está el otro? Porque el par me lo robaron a mi hace dos meses.

Autor: Juan Migueles

BIBLIOGRAFÍA
(19520828 La Noche)

Linchamento dunha muller

        
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         En la romería de Nuestra Señora de las Nieves que el día cinco se celebró en la hermita de la Peneda, límite de Redondela y Sotomayor, se presentaron dos mujeres, que decían “tener el bocado”, cometiendo toda clase de escándalos, a los cuales nadie trataba de poner coto, sino al contrario consentido y tolerados por todo el mundo. Pero a una infeliz pordiosera de Antas se le ocurrió decir que “ya no lo había echado en la fiesta del Corpiño, y que allí tampoco lo echaría”, y entonces ocurrió lo que no puede describirse.
         Una avalancha de gente se echa encima de la desgraciada mujer, la apalean, le arrancan los cabellos, le atan las manos, la sujetan el cuello a un árbol con una cuerda, y para colmo de tanta barbarie se prende fuego al monte, y solo por un milagro se salva aquella infeliz de morir abrasada.
Hechos como este revelan de un modo elocuente, claro y terminante el oscurantismo, la ceguera y la ignorancia que todavía se ceba en las clases bajas.

Autor: Juan Migueles

BIBLIOGRAFÍA
Hemeroteca Tarragona> 18900812 El Municipio

Caridade

          La otra tarde, en una de estas playas de Redondela, escuché, de labios de un infeliz muchacho abandonado, una de esas grandes lecciones que en España da el pueblo a sus Gobiernos. Se trata de un chico de unos quince años, criado en el arroyo de nuestros barrios bajos de Madrid, analfabeto, desamparado, cojo, con una lesión de carácter tuberculoso en la rodilla. Simpático, hablador, con la listeza aparente de los niños de la calle, se asusta uno, sin embargo, al pensar que este desventurado no debe nada, nada, a la sociedad y a sus clases directoras... Allí estaba ahora entre nosotros, residuo de la ciudad grande, charlando, por sus pobres codos, mientras se ponía el sol, y la bahía, como una inmensa concha, brillaba con irisaciones de nácar.
         Pues bien; este adolescente, detenido y atado con otros infelices algo mayores que él, golfos o quincenarios, probablemente, se vio incluido en una de las llamadas conducciones ordinarias y llevado a lo largo de las polvorientas carreteras. Dice que rodó así durante meses; ahora, encerrado en las cárceles de los pueblos; ahora, cojeando de nuevo durante jornadas interminables. Lo cierto es que un día apareció en Redondela, conducido entre guardias con otros cuatro jóvenes, uno de ellos casi un niño también. Y entonces, el pueblo de Redondela reaccionó ante aquel espectáculo doloroso. Hay en esta villa, a pesar, pese a la labor enervadora de los gobernantes, un excepcional espíritu de ciudadanía y de humanidad. Esos cinco muchachos habían dormido en muchas cárceles de muchos pueblos, sin que nada ocurriese. Pero cuando aquí los vieron en el calabozo, cundió la noticia y se supo que entre ellos venía unn chico enfermo y lisiado, al que la dura conducción podía costar la vida, se produjo espontáneamente un movimiento de piedad y de protesta.
          Telegrafiaron indignados al ministro de la Gobernación y a los periódicos de Madrid. La Libertad se ocupó del caso. Apelaron a la opinión pública de toda España. Y consiguieron, por fin, dos días después, cuando ya los cinco conducidos andaban por Puenteareas o La Cañiza, que llegase la orden de ponerles en libertad. Aquellos pobres mozos se apresuraron a venir a Redondela, donde habían encontrado un poco de amparo y de simpatía. Se les atendió; se les ayudó. Uno está hoy colocado en Vigo en la clínica de un médico reputado. Y el más pequeño aquí quedó, protegido por todo el pueblo, en un ambiente de cariño, aprendiendo a leer y a escribir, y, en lo que permite su estado físico, aprendiendo también a trabajar honradamente. Aquí está hablando de la calle de Embajadores en la suave calma de una villa gallega, donde el pueblo una vez más ha dado su lección a los Gobiernos.
          Porque no hay que decirlo; quienes en esta población realizan ahora con un niño inválido esta obra de misericordia y de reparadora justicia son los sistemáticamente excluidos del favor oficial y perseguidos por el Poder. Lo bueno que se haga en Galicia y en toda España lo ha de hacer el pueblo, a pesar de los Gobiernos. O ejerce aquí el Estado su alta tutela pedagógica, su misión moderna de educación y dignificación social. El gobernante debiera ser un guía, un conductor de las gentes, el que marcha a la cabeza, delante, con la antorcha en la mano, aunque las masas vayan forzosamente quedándose más atrás. Se explica que en el fondo de la conciencia popular queden posos atávicos, turbios sedimentos de crueldad y de barbarie. Y es el Poder público el que desde la altura ha de servir de ejemplo y de estímulo para levantar el país. Mas aquí acaece todo lo contrario. Es el pueblo el que enseña el camino a sus Gobiernos, marchando delante, como la bíblica columna de fuego, a través de un desierto interminable, en medio de la oscura noche, cuando ni una luz sola brilla en lo alto ni ninguna constelación señala la ruta...
LUIS DE ZULUETA

Autor: Juan Migueles

BIBLIOGRAFÍA
19210804 La Libertad (Madrid)

A raposa morta

        
 Foto descobrir-a-terra.blogs.sapo.pt
          No número derradeiro d’o periódico “La Idea” de Redondela, lin a noticia de que s’iba a estabecer un servicio de vapor, pra carga e pasaxeiros, entre aquela vila e Vigo.
          Non sería este un servicio novo, porque xa fai ben anos que o houbo, se non con barcos de vapor, con lanchas de vela.
          Era naquel tempo en que non había camiño de ferro nin seica dilixencias como has había n-o tempo d’a miña primeira mocedá.
          Quer decir qu’o servicio a que me refiro era anterior o meu nacimento, que, según vos teño dito moitas veces, xa vai un pouco longo.
          Eu sei qu’e había o tal servicio de pasaxe e carga, porque lémbrome de ter oído contar n-a miña casa unha cousa que presenciou un certo antepasado meu, axudante d’Obras Púbricas, que por selo, adoitaba facer moitos viaxes por Galicia adiante.
          En certa ocasión tivo qu’ir de Redondela a Vigo, e como a maneira máis cómoda que destonces había pra facer ise viaxe a d’ír embarcado, tomou pasaxe nunha lancha.
          Iban n-a mesma embarcación outras varias persoas, entre elas unhas mulleriñas que levaban un par de ducias de galiñas pra vender en Vigo.
Os animaliños iban metidos n-a bodega, y-as persoas sobr-a cuberta d’a embarcación. Así era qu’istas non vían o que pasaba embaixo.
        Mediado o viaxe, ou sexa cando iban pasando por aquel fermoso canal qu’hai entre Rande y a Guía, oiuse n-a bodega d’a lancha un forte cacarexar, máis nadie fixo caso, coidando que serían as galiñas que pelexaban unhas con outras, ou qu’algunha d’elas tiña posto un hovo, y-as demáis facíanlle unha festa, como sucede a veces.
         Durou aquilo uns poucos menutos e por fin parou.
         Cando a embarcación chegou a Vigo, foi varar a praia d’o Convento, porque entón inda non había muelles nin malecón, nin nada canto hai hoxe.
Os mariñeiros tiñan que coller as pasaxeiros o lombo e pousalosn-a erea, pra que se non mollaran; yasí encomenzaron os d-a lancha a poñer en terra os que iban n-a embarcación.
         Un d’os primeiros que pasou foi o meu parente, yas derradeiras, as mulleriñas d-as galiñas pra recoller a mercancía.
        Por certo que, cando se foron facer cargo d’elas alcontráronse c’un verdadeiro destrozo.
        Unhas cantas galiñas estaban mortas y outras a medio morrer, e tanto a estas como aquilas, faltábanlle moitas prumas y-anacos de carne.
        Aquilo soilo unha raposa o podía ter feito, y efectivamente, alí estaba a condanada d’a raposa, morta, sin duda algunha, d’o atracón de galiñas que se tivera dado.
        Certamente que, aproveitando un descuido d’os mariñeiros, metérase n-o barco dispois d’émbarcadas as galiñas, y-o cacarexar que se tiña oído, o que s’armara cando encomenzou o banquete.
        Pra convencerse de qu’estaba morta,déronlle couces os mariñeiros, arrastrárona pol-o rabo, e nada, a raposa non daba señales de vida.
        As mulleriñas berraban pol-a perda qu’a ladra da raposa lles fixera y-os mariñeiros rian coma parvos.
        Un d’eles colleu a raposa pol-o rabo, dándolle voo, zorregou con ela na area.
-Ehí vai iso pra que lle fagan o enterro-dixo.
-Ou pra qu’a leven a fonda das Catro Nacións-excramou outro mariñeiro-qu’ha de faguer bo caldo.
         Mais a raposa, aínda ben non tiña caido u-a area, deu un pulo e botou a correr coma si lle tiveran posto un foguete.
AVELINO RODRÍGUEZ ELÍAS

Autor: Juan Migueles

BIBLIOGRAFÍA
El Heraldo Gallego (Bos Aires) 24-09-1927

Cabeza Reducida

            El Sr. D. Marcial A. Piñón rico propietario de Redondela, ha regalado, por mediación del Sr. Teijeiro al museo de antigüedades de la Universidad, un hermoso ejemplar de una cabeza momificada y reducida en sus dimensiones, perteneciente a uno de los jefes más feroces de la temible tribu de los Shapras, en el Perú, llamado el Gran Paturna.
           La cabeza de aquel salvaje perfectamente conservada por medios para nosotros desconocidos y que tanto llaman la atención en las momias egipcias y peruanas, se presenta sumamente reducida en sus dimensiones, conservando sin embargo sus rasgos fisonómicos aún los más insignificantes. El volumen de dicha cabeza es aproximadamente el de un puño, poco más, su coloración aceituna oscuro, llamando la atención los vestigios del vello en el labio superior e inferior y en las cejas. A pesar de todo esto, lo más notable de esta cabeza es la hermosa cabellera que, a despecho del tiempo conserva intacta, de un pronunciado color negro brillante, lacia y de una longitud de cincuenta y tantos centímetros.
         La cabeza ha sido fotografiada por el inteligente y conocido fotógrafo Sr. Carrero.
A aquella y para comprobar su autenticidad, acompaña el siguiente y original documento del Sr. D. Abel Linares, que fue de quien la adquirió en aquellas lejanas regiones, documento que, traducido literalmente, dice así:
        Cabeza disecada de salvaje.
        A este le llaman por nombre el Gran Puturna, Jefe Curaca de la tribu de los Shapras, habitantes en las vertientes del río Huituyaco y Chindri, en el alto Marañón, Perú. Esta tribu era desconocida hasta hoy por los cristianos: Puturna asesinó primero a uno de los salvajes de la tribu Huambiza, y los compañeros de este asociándose a otra tribu de nombre Cucharuna, se fueron a matarle a su tombo de los cabeceros de Huituyaco y le cortaron la cabeza, la disecaron y pasaron la fiesta.       Después me fue vendida por intermedio de uno de los salvajes con quien tengo relación. Yqueles 30 de noviembre de 1892.
        A continuación de este documento existe la siguiente.
Nota. La tribu de los Shapras ha sido la más temible. Los Huambizas (muchos de ellos apóstatas y que usan lanzas de acero compradas en el Ecuador) unidos a los Cucharunas no le hubieran metido diente pero siendo las dos últimas tribus (con las cuales hacía negociaciones el Sr. Linares) molestadas constantemente por los Shapras, armó a muchos Cucharunas y a algunos Huambizas, con rifles Winchester, les enseñó el manejo de esta arma y por esta razón los siempre vencidos se volvieron vencedores.
        La estatura de los Huambizas no baja de 65 a 70 pulgadas; son robustos usan escudo y manejan la lanza con extraordinaria destreza; pueden competir perfectamente con los Araucanos, siempre que estos no hagan uso de sus caballos.
       A los Cucharunas no puedo describirlos puesto que no los conozco. Su alianza con los Huambizas es seguramente debida al mayor número de rifles que tienen los primeros. Marcial A. Piñón.

Autor: Juan Migueles

BIBLIOGRAFÍA
Gaceta de Galicia (Santiago) 01-12-1893

Matrimonio Centenario

Foto: El Pueblo Gallego

Hablando con nuestros viejecitos.
Los centenarios españoles cuentan sus vidas a “La Voz”.
         En la aldea de Reboreda vive un matrimonio de centenarios. Entre los conyuges, su hijo y su nuera suman trescientos treinta y ocho años.
         Habiendo llegado hasta mi noticias de que en la inmediata parroquia de Reboreda, una de las pintorescas aldeas que abundan en esta región, a unos tres kilómetros de distancia, y en el barrio llamado Asnelle de Arriba, vivía un matrimonio centenario, cogí los bártulos fotográficos y me dirigí a ese sitio con el propósito de obtener un retrato de los centenarios y de interrogarles acerca de hechos culminantes de su vida.
         Llego al humilde barrio, y al preguntar donde viven los viejos “Arabolas”, me señalan una de las seis casas que hay allí. Contesta a mi llamada una mujer de avanzada edad, y al exponerle el objeto de mi visita me dice:
-Efectivamente, aquí viven los viejos; pero se levantan tarde y dudo que pueda usted realizar su propósito de retratarlos.
        Ante mi declaración de que esperaría todo el tiempo que sea preciso, la mujer que me recibió accede a avisar a los centenarios, y oigo a la anciana que dice:
-¡Vaya por Dios tener que levantarnos ahora!
Poco después me avisan que están preparados. Entro en una gran sala, y en el centro veo a los dos viejos.
-¿Con que viene usted a retratarnos?
-Si ustedes me lo permiten...
-¿Y para qué quiere usted nuestro retrato?
- Para mandarlo a LA VOZ, un diario de Madrid que publica retratos y datos de los centenarios que hay en España.
-Y, diga usted, señorito: ¿Esto nos costará algo?
-No, señor: no les cuesta nada. Al contrario, yo les regalaré un retrato, y hasta es posible que el Gobierno o la Diputación les conceda una pensión.
-¡Ay señorito, falta nos hace! Tenemos trabajado mucho desde que éramos jóvenes, y ya estamos imposibilitados. Pero, anda Ramona, prepárate para que este señor nos retrate, y estate muy quietecita para que salgas bien. Cuando usted quiera don... ¿Cómo se llama usted?
-Mario
-Bueno, “don Amaro”, cuando usted quiera.
-La anciana pide un ramo de flores que hay encima de la cómoda, pues -dice- eso hará muy bien en la fotografía.
Impresiono la placa cuando ya están en la habitación con nosotros un hijo de los ancianos y su mujer, que es la que me recibió a la llegada.
Al reanudar la conversación pregunto a la anciana cual es su nombre.
-Ramona Garrido Otero –contesta el marido, y añade-: Pregúnteme a mi, porque ella pronuncia muy mal y no le entendería usted.
-¿Qué año nació y dónde?
-Nació en San Martín, la parroquia que se ve desde esa ventana, el día 5 de enero de 1824. Ha cumplido, por tanto, ciento cuatro años; es tres años mayor que yo... ¡Pero Balbina! –dice dirigiéndose a la nuera-, “bótalle” una copa de vino a este señor, que tendrá sed. Verá lo bueno que es, está hecho aquí en casa, de la poca cosecha que hemos tenido este año.
-Y usted, ¿cómo se llama?
-Manuel Rivas Montero.
-¿Dónde nació?
-En esta misma casa, que era de mis padres y entonces no tenía más categoría que la de una choza; yo la reedifiqué..., pero ya le contaré de eso.
-¿Qué año nació?
-El 27 de agosto de 1826.
-¿A qué edad se casaron ustedes?
-Yo tenía veinte años y ella iba a cumplir los veintitrés.
-¿Tuvieron ustedes hijos?
-Sí señor; una niña, que murió a los catorce meses, y un niño que es ese que está ahí-y señalaba a su hijo-, de sesenta y seis años.
-¿Tuvo usted hermanos?
-Dos. Yo fui hijo único del primer matrimonio, pues mi madre murió a los veintitrés años; pero mi padre se casó de nuevo y nacieron dos varones.
Después nos refiere Manuel que su padre murió a los noventa y siete años, y el de su mujer a los ochenta y nueve. Dice también que han tenido siete nietos, de los que viven tres; dos de ellos marcharon hace algunos años al Brasil, tienen siete bisnietos.
-Y diga usted, ¿me dará usted un periódico el día que “nos saquen”, para mandárselo a los nietos?
-Sí señor, cuente usted con ello.
-¿En qué ha trabajado usted?
-Verá usted, cuando yo tenía trece años fui a la finca próxima de Pousadouro, que es donde trabajé por primera vez a jornal; a los dieciséis entré de enfermero en el Hospital del Lazareto de San Simón; después pasé a la cocina y allí trabajé nueve años; luego, a los treinta, embarqué en Portugal para el Brasil, donde volví a trabajar de cocinero; al regresar a España, con lo poco que ahorré reedifiqué esta casa.
         Le pregunto si bebe, y contesta que siempre le ha gustado el buen vino, y el aguardiente del país aún más.
-Y fumar, ¿ha fumado mucho?
-¡Ca, no señor! Verá usted, don “Amaro”-me dice riéndose-; una vez estando en el Lazareto me dieron unos cigarros puros; me los fumé seguidos, porque me gustaron mucho, y cogí una borrachera que me duró todo el día y la noche. Desde entonces no he vuelto a intentar fumar.
         Cuenta mi interlocutor que durante cinco años estuvo ayudando a mandar ganado para una guerra que hubo en Madrid, pero no sabe precisar más.
         Nos dice Manuel que el régimen alimenticio de él y su mujer es siempre a base de pescado cocido y algunas papillas de harina de maíz.
         Conservan los dos todas sus facultades mentales, sobre todo él, como puede apreciarse por el diálogo que transcribimos. Ella rehuye el hablar, porque dice que se fatiga mucho. Tienen buena vista, y la cabeza cubierta de pelo; él negro todavía.
         Por no cansarles más, me levanto para marcharme, y ofreciéndome otra “pintiña” me dice Manuel:
-Oiga usted, señor. No olvide usted decir en el periódico que me llaman el “Arabolas”, y que este proviene de mis bisabuelos o más atrás.
         Me despido de los simpáticos centenarios. Salen hasta la puerta acompañados del hijo, Jose Antonio Rivas, que tiene sesenta y seis años, y su esposa, Valentina Blanco, de su misma edad. Entre los cuatro que habitan la antiquísima casa suman la friolera de trescientos treinta y ocho años.

MARIO L. DE ROBLES
Redondela, julio de 1928

Autor: Juan Migueles
La Voz (Madrid) 18-08-1928
NOTA: Más Info: 19271227 El pueblo gallego

sábado, 25 de abril de 2020

Libros. Literatura Infantil

O libro da illa de San Simón. Ed. A Nosa Terra.
Os Bolechas. A Coca de Redondela. Pepe Carreira.
Xiana e a Coca de Redondela (libro+CD), Lendas galegas. Faro de Vigo, 2011


 
Semente de igualdade, semente de liberdade. Ernestina Otero, Mulleres Galegas Vol. IV. Enrique Mauricio, Carlos Taboada. Ed. Lela, 2017.
Ernestina Otero. Aprende coas Mulleres Galegas 6- Secretaría Xeral de Igualdade



Autor: Juan Migueles